jueves, 26 de noviembre de 2015

EL ALBOR DE LAS ESMERALDAS


                                                                       



Epitafio para amantes;

 Morir de amor es un dolor asumible. Lo insoportable es resucitar solo.

Había regresado de nuevo a su país, buscaba una nueva oportunidad en su ciudad junto a su gente, pero después de cuatro largos años de exilio que como otros tantos jóvenes de su edad fueron hacer las Américas, retornaron sintiendo la nostalgia de su antiguo hogar.

Era la décima vez que miraba la pantalla del móvil en apenas un minuto. Esa mañana había recorrido toda la manzana del centro dejando curriculum en oficinas y tiendas. Se sintió cansado y decidió reponer fuerzas en una pequeña plaza en cuyo centro se erguía una pequeña fuente y de cuyos cuatro caños expuestos en su derredor, surgía agua de un manantial fresca y potable, suficiente para poder refrescarse por un rato pensó, así que desabrochó los dos primeros botones de su impecable camisa blanca y mitigo sobre su nunca y cuello el húmedo elemento. 

El día se le estaba haciendo demasiado largo sin tener noticias, volvió a revisar su móvil pero la pantalla permanecía inactiva, inalterable como el mismo tiempo de aquella mañana, comenzó a explorar sus contactos y el táctil de su dedo se quedó detenido sobre un nombre… María. Levanto la vista del aparato que le tenía esclavizado aquella mañana y miró a su alrededor, entonces, frunció la frente en un gesto de admiración y sonrió. Puede que sea el Karma.  Recordó como hacía tiempo atrás María y él pasaban largas horas en aquella plaza; que habrá sido de ella….. entonces sonrojó avergonzado por la manera tal cruel que se marchó sin decirla nada, solo un “volveré a por ti” y desde entonces, habían pasado cuatro largos años sin saber más. María fue su “amiga”, así era como le gustaba presentarla a sus familiares más allegados, pero ambos sabían que ese término encerraba un compromiso mucho mayor que una mera amistad.

Mantenía su dedo sobre su nombre, quizá debería llamarla… Y en aquel preciso momento la pantalla de su móvil empezó a parpadear y a sonar estrepitosamente, se sobresaltó y el corazón le dio un vuelco, pudiera ser que.. María… el Karma otra vez.

- ¿Si?  Contestó - . Al otro lado del aparato preguntaban por él. 

- ¡Sí, soy yo! -  Escuchaba a su interlocutor.

 - ¿mañana a las 12?, De acuerdo, allí estaré, gracias.-

Tenía que estar contento, le citaban para una entrevista de trabajo, sin embargo hubiese deseado tanto haber recibido otra llamada.

Al día siguiente y después de la entrevista, se encontraba de nuevo en aquella fuente de los cuatro caños. La reunión había sido comprometida y su nerviosismo era evidente, la axila de su camisa se había convertido en un gran parche de sudor, por lo cual, su apresuramiento por llegar al refrescante chorro de agua le hizo toparse con varias personas una de las cuales cayó al suelo.

Una envejecida respecto a su edad mujer se erguía del suelo sacudiéndose el polvo de sus rodillas.

-¡ oh, disculpe, cuanto los siento!, ¿la he hecho daño?

Unos abatidos ojos verdes  se clavaron en sus pupilas al mismo instante que le pedían perdón por su torpeza.

-¡no, no, tranquilo, la culpa ha sido mía!, siempre ando algo despistada y no debí quedarme parada sin más.

-¡María….!

Pidió nuevamente disculpas al no reconocerlo, y le hizo saber si se conocían de algo.

-¡no! Exclamo ella, creo que se está confundiendo.

No concebía porque no le había identificado, no eran muchos años los que habían pasado, y su aspecto seguía siendo el mismo, quizá alguna cana sobre su sien.

No obstante no quiso contradecir sus palabras porque igual ella estaba en lo cierto y el equivocado era él, pero eran tan iguales, aún con el abatimiento de sus ojos, continuaban manteniendo ese fulgor y albor como las esmeraldas, además estaba la peculiaridad de tener el mismo nombre.

 -¿Puedo remendar mi torpeza invitándola a un café?-

 - No sé si debiera- contestó,- Estoy esperando a mi  novio e igual se molesta al no encontrarme aquí.

-Insisto por favor. Tan solo serán unos minutos y mi deuda será saldada por tal atropello.

Accedió a la insistente petición y aquellos cinco minutos se alargaron tanto que se convirtieron en horas, cada vez estaba más convencido que era María, pero aún así y bajo todo tipo de interrogatorio para saber más, ella insistía en que no le conocía de nada.

No pudo quitársela de la cabeza durante varios días, le rondaba toda clase especulaciones y  por más vueltas que le daba no comprendía aquella pérdida de memoria, entendía que tuviese novio, pero no creía que por esa razón ella no se diera por aludida.

Tal ansiedad le hizo acudir de nuevo aquel mismo lugar, a la cafetería donde estuvieron juntos aquella mañana… el mesero le recordó enseguida.

-No ande usted con ella – le recomendó – anda loca, cuentan que hace tiempo su novio se marchó con la promesa de volver a por ella, anduvo varios días esperándolo sin comer nada y un día se desmayó, se dio en la cabeza y desde entonces ha perdido la memoria, pero eso dicen, para mí que está como un cencerro. Desde entonces se encuentra en esta dirección. –

El mesero extendió su mano y le entregó una servilleta de papel en la que había dibujado un pequeño plano con el que podría llegar.

Aquel trozo de papel le condujo a un siquiátrico, una enorme reja separaba lo real de lo imaginario, entonces se abrieron automáticamente las puertas a la llamada por el interfono y le indicaron que María se encontraba en el jardín.

A María se le volvieron a iluminar los ojos con el mismo albor de las esmeraldas y logró decir; sabía que volverías a por mí.

3 comentarios:

  1. Que tierna historia, a pesar de todo seguía esperando. El vello de punta. Besos.

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  2. Siempre debemos esperar porque en cualquier momento puede llegar ese momento que habíamos soñado. Otro beso para ti amiga.

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  3. Precioso . Me encanta todo lo que escribes.

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