sábado, 11 de junio de 2016

DUELO Y DOLOR


Siempre le había gustado ver como asía la pequeña taza de café entre sus manos, un ritual que siempre le había gustado contemplar sin importarle que  su café se  enfriara  producto de  esa demora.

Ensimismado contemplaba como ensartaba  su delgado dedo índice por el minúsculo  agujero de la pequeña  asa y  por donde apenas sobresalía la huella dactilar  cartografiada de su yema,  el fino barro esmaltado quedaba impregnado con  la impresión de sus dedos que translúcidamente  iban desapareciendo.  Con una sutil elevación de su dedo meñique acercaba el borde blanco de la taza a sus labios permitiendo  que el cálido fluido negro penetrase  al interior de su boca saboreándolo con liviana  delicadeza e  indagando en  el perfil del aroma entre dulce y afrutado  del grano tostado.

Sonreía.

Le resultaba  sensual y sicalíptico, lo podría definir de las dos maneras según tuviera la necesidad de sexo o de amarla.

Esta tarde la encontró sola en la terraza de la cafetería con la mirada perdida, por eso optó por sentarse  frente a ella.

-          Oh! Mi dulce amor… que largo se me hizo este encuentro.

 La encontró más delgada, un poco desmejorada, pero aún así le resultaba bella, pensó que quizá habría pasado una mala noche.

-          Amor, tendrías que pensar en dejar de tomar tanto café.

Eso quizá la desvelara.

Quiso acariciar su mano que reposaba sobre la mesa pero la apartó antes de rozarla, bajó la mirada y se puso a remover indiferente el fluido de la taza que daba vueltas remisamente una y otra y otra vez hasta formar en el centro un remolino que engullía la crema que antes se dejaba mecer   sobre el  estimulante líquido negro.

Tomó un pequeño sorbo, le hizo un gesto al camarero y éste apareció con el tique sobre una bandeja de aluminio.

-          Quiero invitarte yo…

Pero antes de darse cuenta ella abrió el bolso y sacó su monedero, en el lateral de  su tarjetero;  la fotografía de él destacaba de entre todo, entonces la acarició dibujando con su delgado dedo índice  el contorno de su figura plasmada sobre el papel, lloró; ….lloró una vez más de entre tantas otras y una lágrima se deslizo por su mejilla diluyéndose en los restos  de un  café amargo como la hiel.

Buscó en su mano izquierda el dedo corazón y dio varias vueltas a dos anillos  que  se encontraban enlazados,  eran sus alianzas de casados.

El miró su mano y contempló la huella que el paso de los años había dejado en su dedo,  …..vacío, entonces comprendió.

Hoy ha vuelto a verla sentada sola en la terraza de la cafetería sorbiendo una taza de café, se ha sentado frente a ella y la ha dicho cuanto la quiere.

Al rozar de nuevo con su delgado dedo índice la fotografía  guardada en el tarjetero de su monedero ella le ha recordado un aniversario trágico, ya hacía un año que se había marchado para siempre.

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